Buenos Aires, Argentina, 8 de junio del 2012- La noche de Buenos Aires volvió a calentarse con una nueva oleada de cacerolazos. Al grito: “Nestor volvé, llevate a tu mujer”, miles de personas en la capital porteña salieron a manifestarse en contra de las políticas del Gobierno de Cristina Kirchner.
La convocatoria se hizo por medio de las redes sociales Facebook y Twitter en la tarde del 7 de junio, era para las 8 de la noche en los puntos más emblemáticos de la ciudad: Callao y Santa Fe, Plaza de Mayo, Cabildo y Juramento y la Quinta Presidencial de Olivos. Con tan sólo un grado de sensación térmica muchos salieron de sus casas con cacerolas y sartenes, en una protesta que mezclo ruido, mensajes contra el gobierno, familias enteras, ancianos y jóvenes unidos por un sentimiento de solidaridad cívica.
Los carteles que llevaban los manifestantes eran bien concisos: “Basta de corrupción”, “Libertad de Prensa”, “Seguridad”, y “respeto por los derechos individuales”. Es que por más que en el mundo algunos se sorprendan de estas manifestaciones; por más que digan que a nivel macroeconómico Argentina ha crecido en los últimos 10 años; por más que muchos nos feliciten por ser presuntamente un país democrático –tras haber tenido décadas de gobiernos militares-, y avalen la posibilidad de que estemos representados por una presidenta que defiende los derechos humanos; hay muchas cosas que quienes no viven en Argentina, desconocen.
En este momento, los que tenemos la habilidad suficiente para reconocer el atropello de los derechos individuales nos encontramos ante un estado policíaco. ¿Quién tiene la autoridad para decirnos qué podemos o no hacer con nuestros ahorros? ¿Quién tiene el poder en un gobierno democrático para obligarnos a rendir cuentas si deseamos viajar al exterior? ¿Quién es el estado para privar a los jubilados extranjeros del cobro del trabajo de toda su vida en euros o dólares?
¿Sabían ustedes que el gobierno nacional y la AFIP (Asociacion Federal de Ingresos Publicos) le exigen a los argentinos que viajan al exterior dar una justificación del pago del viaje, pidiendo hasta el nombre de la empresa de turismo contratada y los gastos por día que se piensan hacer? ¿Están ustedes en Estados Unidos familiarizados con la situación de los argentinos que no pueden acceder al mercado cambiario? ¿Qué sucede con los que tienen ganas, porque su libertad individual se los permite, de comprar una propiedad si no podemos acceder a los dólares con los que se realizan esas transacciones? ¿Qué pasa con todos aquellos que dependemos de medicamentos importados para tratar nuestra salud ante el cierre de las importaciones? ¿Cómo hacemos cuando un funcionario público nos dice “Yo ahorro en la moneda que se me canta”, y nosotros no podemos hacer nada?
¿Quién dijo que sólo las políticas autoritarias vienen de la mano de gobiernos totalitarios? Porque aquí los chanchitos de George Orwell se están comiendo las manzanas mientras el pueblo argentino se ve sometido a un discurso de polarización social…
Vivimos en un gobierno que con discursos anacrónicos busca fomentar los odios clasistas, obligándonos a tomar bandos en discusiones que ya no tienen razón de ser en el siglo XXI. Buscando acusar de oligarcas a quienes protestan sólo porque defendemos nuestros derechos individuales; sólo porque como Stuart Mill no estamos dispuestos a encadenarnos a medidas que afecten nuestra vida privada. No estamos dispuestos a ver perpetrada nuestra libertad de expresión, nuestra libertad de movilidad, nuestra capacidad de ahorro, y nuestro derecho de representación; sí, representación porque deberíamos de tener un poder ejecutivo que gobierne en nombre de todos los argentinos, y eso hoy, no existe.
La discusión ya no se trata del clientelismo del pancho y la coca –que hoy se transformo en un plasma- vs la oligarquía terrateniente exportadora de Barrio Norte. No son dos modelos de vida distintos los que se enfrentan, no hay combate, hay nuevamente una clase media que comienza a verse privada de su derecho de pasar una vida inadvertidamente tranquila y disfrutar a su antojo de los pilares fundamentales de una sociedad democrática.
Estamos viviendo en un país en donde los medios de comunicación ya no informan y muchos están controlados por el gobierno; un país en el que la clase en el poder se enriquece día a día con nuevos casos de corrupción que se disfrazan con la reavivación de un pasado doloroso –como el caso Malvinas. Una Argentina con una política cambiaria que no deja libertad de acción para operaciones cotidianas. La inflación es galopante y el gobierno no la reconoce; se nos quiere decir a dónde viajar y hasta cómo gastar; no se permite la importación de ciertos productos, no se reconoce el modelo agroexportador que es nuestra vaca lechera. Sumado a todo esto vivimos sin seguridad sabiendo que ni el transporte público funciona, un transporte que en la última tragedia dejó un saldo de 45 muertes tras la catástrofe del tren de TBA. No conseguimos acceder a ciertos registros de información pública fehacientes; la apertura a puestos políticos sigue estando marcada por una tendencia partidaria que no reconoce a los diferentes y prolifera la dedocracia. ¿Alguien me puede decir cómo este gobierno sigue llamándose democrático? Son todos atropellos a los derechos individuales en un país acostumbrado al cercenamiento de la libertad. El gran problema del pueblo argentino es la costumbre, el inicio de la protesta nos marca la necesidad del cambio.
El frio hizo que la gente volviera a sus casas temprano, pero no nos privó de parodiar la guerra de Malvinas al son de: “El que no salta es un ladrón”, y “Boudou, ladrón queremos un millón”, criticando al vice-presidente de la nación recientemente envuelto en un caso de corrupción y a la reciente iniciativa popular de revivir una guerra sin razón de ser.
En Buenos Aires la noche comienza a encenderse de nuevo, al igual que en muchas otras ciudades del país. A dónde nos llevan las cacerolas todavía no se sabe, pero lo que sí podemos decir es que no son las cacerolas de la abundancia las que redoblan en la noche porteña, son las cacerolas de los indignados ante las políticas de un estado policía disfrazadode democrático.
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